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viernes, 12 de febrero de 2010

Cuento de Enrique Mariscal

Hace años, un supervisor visitó una escuela primaria. En su recorrida observó algo que le llamó poderosamente la atención: una maestra estaba atrincherada atrás de su escritorio, los alumnos hacían gran desorden; el cuadro era caótico.
Decidió presentarse:
- “Permiso, soy el supervisor de turno…¿algún problema?”
- “Estoy abrumada señor, no sé qué hacer con estos chicos… No tengo láminas, el Ministerio no me manda material didáctico, no tengo nada nuevo que mostrarles ni qué decirles…” El supervisor, que era un docente de alma, vió un corcho en el desordenado escritorio. Lo tomó y con aplomo se dirigió a los chicos:
- “¿Qué es esto?”
- “Un corcho señor”… gritaron los alumnos sorprendidos.
- “Bien, ¿De dónde sale el corcho?”
- “De la botella señor. Lo coloca una máquina…”, “del alcornoque, de un árbol….", “de la madera…”, respondían animosos los niños.
- “¿Y qué se puede hacer con madera?”, continuaba entusiasta el docente.
- “Sillas…”, “una mesa…”, “un barco…”
- “Bien, tenemos un barco. ¿Quién lo dibuja? ¿Quién hace un mapa en el pizarrón y coloca el puerto más cercano para nuestro barquito? Escriban a qué provincia argentina pertenece. ¿Y cuál es el otro puerto más cercano? ¿A qué país corresponde? ¿Qué poeta conocen que allí nació? ¿Qué produce esta región? ¿Alguien recuerda una canción de este lugar?” Y comenzó una tarea de geografía, de historia, de música, economía, literatura, religión, etc.
La maestra quedó impresionada. Al terminar la clase le dijo conmovida:
- “Señor, nunca olvidaré lo que me enseñó hoy. Muchas gracias”.

Pasó el tiempo. El supervisor volvió a la escuela y buscó a la maestra. Estaba acurrucada atrás de su escritorio, los alumnos otra vez en total desorden…
- “Señorita… ¿Qué pasó? ¿No se acuerda de mí?”
- “Sí señor, ¡cómo olvidarme! Qué suerte que regresó. No encuentro el corcho. ¿Dónde lo dejó?.”
* Cuento extraído del libro: Cuentos para regalar a personas inteligentes de Enrique Mariscal. Ed. Serendipidad.



Si quieres leer otro cuento de Enrique Mariscal, haz click aquí.

martes, 9 de febrero de 2010

La fábula del león y la cabra

Hoy os traigo la fábula del león y la cabra:

Un león medio muerto de hambre, al ver que le era muy difícil correr por los riscos donde triscaba la cabra, iba subiendo poquito a poco detrás de ella.
Pronto se dió cuenta que le era del todo imposible llegar hasta dónde estaba la cabrita. A lo lejos, le dijo palabras halagadoras para invitarla a pastar juntos la fresca hierba de la pradera.
- Dime, por qué habitas en esos lugares secos y sin frutos, buscando alimento en esas peñas altas? Deja esas rocas peladas y estériles -le decía el león - y baja a los prados verdes donde vivo yo, amiguita mía! Y podrás comer hierbas de diferentes especies y flores con gran abundancia y alegría.

La cabra, reflexionó si era un buen consejo para ella, ya que es sabida la natural enemistad y contrariedad que existe entre el león y la cabra, cosa que provocó que no creyera al león.
- Tienes toda la razón -le respondió la cabra- lo haré con mucho gusto; pero cuando tú ya estés bien lejos de estos parajes.

Moraleja de esta fábula:
No escuches los consejos de quien sabes que es tu enemigo, aunque te prometa glorias.

martes, 2 de febrero de 2010

Decisión anticipada

La señora Pepita, de 82 años de edad, estaba lista y arreglada como cada mañana a las ocho en punto. Con su cabello bien peinado y un maquillaje perfectamente aplicado, pese a tener dificultades de visión, estaba dispuesta a mudarse aquel mismo día a una residencia geriátrica.
El que había sido su marido durante cincuenta años había muerto, lo que hacía necesario el traslado.
Después de esperar pacientemente en la recepción de la residencia, sonrió dulcemente cuando le comunicaron que su habitación ya estaba lista. Mientras maniobraba su andador dirigiéndose hacia el ascensor, yo le había dado una descripción detallada de su pequeño cuarto, incluyendo las sábanas y las cortinas que habían sido colgadas en su ventana.
-¡Me encantan! -dijo ella con el entusiasmo de un chiquillo de ocho años al que acaban de mostrar un nuevo cachorro.
- Señora Pepita, usted aún no ha vista el cuarto… Espere a verlo.
- Eso no tiene nada que ver -dijo ella-. La felicidad es algo que uno decide con anticipación. El hecho de que me guste mi cuarto o no me guste, no depende de cómo esté arreglado el lugar, depende de cómo arregle yo mi mente. Ya había decidido de antemano que me encantaría. Esta es una decisión que tomo cada mañana al levantarme.
- ¿Por qué lo hace, señora Pepita?
- Éstas son mis posibilidades: puedo pasarme el día en la cama enumerando las dificultades que tengo con las partes de mi cuerpo que ya no funcionan o puedo levantarme de la cama y sentirme agradecida por las que sí funcionan. Cada día es un regalo, y he decidido que cada mañana me centraré en los regalos del nuevo día y en las memorias felices que he guardado en mi mente. Quiero vivir cada momento de mi vida. La vejez es como una cuenta bancaria… Uno puede extraer lo que ha ido depositando en ella.


* Extraído del libro: La vida viene a cuento de Jaume Soler y Maria Mercè Conangla (Ed. Integral).

viernes, 29 de enero de 2010

¿Quién acompañará al rey?

Un rey poderoso tenía cuatro esposas.
A la primera la amaba mucho, se sentía muy atraído por ella, le daba las mejores atenciones.
A la segunda la quería por su gracia y lucimiento, le proporcionaba muchas horas de su vida.
A la tercera no la apreciaba, sólo la cuidaba lo suficiente.
A la que no quería nada era a la cuarta, la desatendía, la vivía como una carga de su destino real. Un día, el rey, que transitaba por la cuarta etapa de su vida, descubrió conmovido que iba a morir. Entonces, se dirigió a su gran amor y le dijo:
–Me parece que dentro de poco moriré. No quiero estar solo en la otra vida. ¿Me vas a acompañar?
–No puedo –le respondió la primera de sus esposas–, estoy muy ocupada, debo atender mis propios asuntos.
El rey sufrió una gran decepción y lloró en soledad. Fue a la segunda esposa y le preguntó:
–Me parece que voy a morir y no quiero estar sin compañía. ¿Vas a venir conmigo?
–No puedo, tengo que estar en una reunión –contestó su segunda querida.
Se dirigió a la tercera amada y repitió la pregunta anhelante. La respuesta fue inmediata:
–No te puedo acompañar; tengo obligaciones impostergables. Ahora, si es tu deseo, puedo organizarte un cortejo fúnebre imponente.
El rey cayó en una gran depresión. Fue entonces cuando oyó una vocecita tan temblorosa como conocida:
–Yo te voy a acompañar; nunca te abandonaré... –le dijo la cuarta esposa.

La primera consorte significaba su propio cuerpo; él lo cuidaba mucho, pero, una vez muerto, éste seguiría su propio destino.

La segunda mujer representaba sus posesiones materiales; ya fallecido, irían a otras manos.

La tercera, era el poder, la silla, la cátedra que siempre atendió y defendió, pero que inmediatamente iba a tener un sucesor.

La cuarta esposa era su propia alma; no la había cuidado nada, aunque, fielmente, ella siempre lo iba a acompañar.

¡Qué oportuno este momento para ordenar el propio reinado y encontrar la armonía con la propia alma, no en divorcio contrariado!
Si nos entendemos con lo que esencialmente somos, es posible que un buen trabajo de comunicación interna pueda nacer para descubrir nuestro verdadero reinado.
Nadie se alimenta por otro, ni come, ni aprende, ni vive por otro.


* El autor de este Texto de Autor es Enrique Mariscal. El contenido ha sido obtenido de: Estudio Enrique Mariscal & Asociados

viernes, 22 de enero de 2010

Una familia y un burro


Había una vez un matrimonio con un hijo de doce años y un burro. Decidieron viajar, trabajar y conocer el mundo. Así, se fueron los tres con su burro.

Al pasar por el primer pueblo, la gente comentaba:

“Mira ese chico mal educado; él arriba del burro y los pobres padres, ya mayores, llevándolo de las riendas”

Entonces, la mujer le dijo a su esposo:

«No permitamos que la gente hable mal del niño.”

El esposo lo bajó y se subió él.

Al llegar al segundo pueblo, la gente murmuraba:

“Mira qué sinvergüenza ese tipo; deja que la criatura y la pobre mujer tiren del burro, mientras él va muy cómodo encima”.

Entonces, tomaron la decisión de subirla a ella al burro, mientras padre e hijo tiraban de las riendas.

Al pasar por el tercer pueblo, la gente comentaba:

“Pobre Hombre…. Después de trabajar todo el día, debe llevar a la mujer sobre el burro! y pobre hijo ¡qué le espera con esa madre!”

Se pusieron de acuerdo y decidieron subir los tres al burro para comenzar nuevamente su peregrinaje.

Al llegar al pueblo siguiente, escucharon que los pobladores decían:

“Son unas bestias, más bestias que el burro que los lleva, van a partirle la columna!”

Por último, decidieron bajarse los tres y caminar junto al burro.

Pero al pasar por el pueblo siguiente no podían creer lo que las voces decían sonrientes:

“Mira a esos tres idiotas: caminan, cuando tienen un burro que podría llevarlos”

sábado, 9 de enero de 2010

Una taza de caldo

Una señora de 75 años, coge una taza y le pide al camarero que la llene de caldo.
Después se sienta en una de las mesas del local. Cuando apenas se ha sentado se da cuenta que se ha olvidado del pan. Se levanta y va a coger un panecillo para comérselo con el caldo, y vuelve a su sitio. ¡Sorpresa! Delante de su taza de caldo se encuentra sentado un magrebí, que está comiendo sin inmutarse. ¡Esto es demasiado!- piensa la señora- ¡pero no me dejaré robar! Y dicho y hecho, parte el panecillo a pedazos y los echa dentro de la taza que tienen en frente el magrebí y ella y pone también la cuchara.

El magrebí complacido, sonríe. Toman una cucharada cada uno hasta acabarse la sopa, todo en absoluto silencio.

Acabada la sopa, el magrebí se levanta, se acerca a la barra y regresa con un gran plato de espaguetis y... dos tenedores. Comen los dos del mismo plato, en silencio. Acaban el plato y se despiden: ¡Hasta pronto!, le dice la señora. "Adiós", le responde el hombre, con una sonrisa en los ojos. Parece satisfecho de haber hecho una buena acción, y se aleja.

La mujer le sigue con la mirada; vencido su estupor busca con la mano el bolso de mano que había dejado colgado en el respaldo de la silla. Pero... ¡Sorpresa! ¡El bolso ha desaparecido!

Cuando ya iba a gritar: ¡LADRÓN, COGED AQUEL LADRÓN!, mira a su alrededor y vé su bolso colgado en una silla, dos mesas más atrás de dónde estaba ella y sobre la mesa un plato con una taza de caldo... ya frío.

Inmediatamente, se da cuenta de lo que ha pasado: No ha sido el magrebí el que se había comido su sopa, ha sido ella quien, equivocándose de mesa, había comido merced al magrebí, como una gran señora.


* Autor: Batista Cerruti. (Historia real, vivida en Suiza, en un restaurante autoservicio).